Después de más de dos meses nos vamos de Guatemala y tomamos
la ruta hacia el este, es decir, a Belice. Un puñado de kilómetros que se
reparten entre sitios arqueológicos sin visitar y preguntas sobre este nuevo
país. Llegamos a la frontera, dejamos Guatemala sin problemas y en seguida la primera
sorpresa: si bien sabíamos que el idioma oficial es el inglés nunca pensamos,
por tener dos fronteras de habla hispana, lo poco flexible a la hora de
intentar dialogar. Luego de varios minutos de truncas charlas para algunas
preguntas específicas que necesitábamos hacer, llamaron a una persona que
hablaba español y nos evacuó las mismas. Es raro pero Belice es un país de
abuelos mayas y nietos afroamericanos. El inglés es su lengua oficial, la cara
de la reina de Inglaterra se imprime en monedas y billetes y hasta su
arquitectura habla de su pasado como colonia inglesa. Belice está cerca, pero
muy lejos. Comparte las mismas raíces de nuestra tierra, pero su tallo fue
moldeado por manos extranjeras y por esa razón sus frutos saben, huelen y se
ven diferentes.
Nuestra estadía fue corta ya que es un país bastante caro. Nos fuimos un poco al sur, a una ciudad llamada Hopkings. El caribe nuevamente frente a nosotros agitado por la temporada de tormentas pero siempre predispuesto a recibir caminantes. La gente se muestra más calurosa, más “caribeña”. Conocimos a otro Nico, argentino que viaja en bici por América y compartimos mates y guitarra.
Nos dimos una vuelta por Belice City y el ambiente se pone
más denso. La ciudad es pequeña y unas vueltas nos alcanzan. Desde acá salen
los barcos que te cruzan a los cayos, las islas “top” y más turísticas que
dejamos para otra ocasión.
Una noche más en los Bomberos de Orange Walk y directo a la
frontera. Estábamos ansiosos de entrar a México ya que es el último país antes
de nuestro destino final, los comentarios siempre fueron positivos y a esto se
le suma que es el país donde se fabricó el último VW escarabajo allá por el
2003. Entrar por la Riviera Maya, es decir costeando el mar caribe, es un plus.
No hay lugar que te defraude. Nuestro primer destino, y primera sorpresa, fue Bacalar.
Tiene una laguna de arena blanca, agua caliente y turquesa pero sin sal “el
caribe de agua dulce” como lo llaman por estos lados. Un par de días estuvimos
disfrutando, vendiendo, haciendo vida de camping y de turistas.
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Bacalar. |
Nos fuimos a Mahahual por recomendación de otros viajeros y
nuevamente el lugar es de ensueños. Maikel y Flor nos hospedaron en su casa y
nuevamente los días pasan entre ventas, chapuzones en el mar y cenas entre nuevos
amigos.
De Mahahual a Tulum sin escalas por la carretera federal
donde un camping repleto de argentinos y con vista al mar fue la mejor elección
para pasar unos días en una de las mejores playas que conocimos en el viaje.
Arena súper blanca y fina, palmeras, mar turquesa y mucho sol, el combo
perfecto para estos viajeros estresados.
Un breve paso por Playa del Carmen, unos sándwich y seguimos
para Cancún. La tan renombrada ciudad es un lugar ideal para pasar unas
vacaciones a puro hotel, restaurante y playa, pero no tanto para los viajeros
de paso.
Nuestro último destino en el caribe fue Cancún, un lugar
especial en el viaje no por su belleza o su historia, sino porque aquí vivió
Nico muchos años. No todos saben pero antes de vivir en Orlando, mi hermano
comenzó su “aventura” fuera de Argentina en este lugar y hace ya un largo
tiempo vine a visitarlo con mi primo, por lo cual los recuerdos brotan y se los
relato a Vicky una y otra vez hasta cansarla. Las dos semanas que pasamos
vivimos en el barco “Tanotanic” de Daniel, un amigo de Nico que gentilmente nos
prestó la embarcación.
Llegar a Cancún es llegar de alguna forma a lo de Nico.
Caminar por calles que seguramente el recorrió, juntarnos a comer con sus
amigos, compartir un ratito con gente que trabajó con él en cierta forma nos
acerca. Cancún, de alguna forma, es Nico. ¿Por qué digo esto? Porque creo que
hay dos tipos de distancias, la física y la real. La primera la medimos con los
números, la contabilizamos y es la que nos permite saber a cuánto tiempo
estamos del otro, la que necesitamos para el contacto físico. La que reclama un
padre a un hijo, una mujer a un hombre o un amigo a otro. La segunda, en
cambio, nada sabe de medidas ni de contactos físicos pero si de cercanía. No
tiene tiempo ni espacio porque no necesita la presencia del otro, está más allá
de eso. Es esa que no sabe de ausencias pero si de eternidad. Cuando llegué a
Cancún y me sentí tan cerca de Nico comencé a pensar en las huellas que dejamos
los seres humanos. Queramos o no marcamos y modificamos este mundo con el
simple hecho de existir. Pero cuando nos vamos, ya sea a vivir lejos o dejamos
este mundo, permanecemos de alguna forma para siempre. Algunos lo llamarán
espíritu, alma, ángel o reencarnación, no lo sé, a mí me gusta pensar que
quedamos en los recuerdos, en los gestos de nuestros hijos, en los perfumes de
una habitación o en los rincones de cualquier ciudad. ¿Quién puede estar lejos
cuando te extrañan, te nombran, te recuerdan y hasta se ríen con uno? ¿Cómo yo
puedo estar más cerca de ese vecino que saludo cada mañana y ni siquiera conozco
el nombre que de aquel ser querido que al ver un simple objeto, al oír una
canción o al tener un solo minuto de soledad se me viene a la mente y me roba
una sonrisa? Nuestro egoísmo humano reclama siempre un abrazo o un beso para
sentir la presencia del otro pero muchas veces eso no nos acerca. ¿Cuántas
veces hacemos caso omiso a la orden de un padre o un abuelo y sin embargo,
cuando ya no están tomamos al pie de la letra un consejo o una opinión que nos
quedó dando vueltas y se nos hace imposible contradecirla? La ausencia, a
veces, es mucho más fuerte que la presencia. Es por ello que debemos ser
conscientes de nuestros actos ya que con ellos no solo nos representamos a
nosotros mismos, sino también a nuestros padres, hermanos y familia. Me siento
responsable de representar dignamente a quienes confiaron en mí, quienes me
educaron y me dieron las herramientas necesarias para vivir en este mundo. Es
por esto que las distancias no las mido en kilómetros sino en cantidad de
recuerdos.
En Cancún “turisteamos”, vendimos, comimos, bailamos y
tomamos todo lo que se pudo. La ciudad da para esto, se mueve al ritmo del
turista. Las calles no invitan al descanso y las playas lejos están de ser las
más bonitas, pero Cancún te entretiene. Mónica y Damián, los amigos de Nico,
nos recibieron de maravilla y rápidamente los días se escurrieron. ¡Gracias a
todos por hacernos sentir tan cerca!
Dejamos definitivamente el caribe y nos adentramos en la
península de Yucatán. Hicimos un breve paso por Valladolid y sus impecables
plazas y callecitas coloniales y después de dormir nos fuimos a Chichén Itzá
para deslumbrarnos con la antigua ciudadela Maya, sus increíbles construcciones
y la magia que solo estos lugares pueden ofrecer.
De Chichén partimos a Mérida, la ciudad cabecera del estado.
Los bomberos nos alojaron unos días y pudimos conocer esta gran ciudad
colonial. De noche cautiva más ya que las luces amarillentas realzan el
esplendor de los edificios. Tiene una gran movida cultural y artesanos de
primer nivel con quienes compartimos un par de días. Partimos de Mérida pero antes
de llegar a Campeche nos tomamos un ratito y nos fuimos a visitar un cenote.
Estos lugares naturales se dan por el derrumbe de la tierra por filtraciones
formando una especie de caverna que con los años forman un paisaje interno totalmente
nuevo para nosotros. El agua es cristalina con peces que se ven mientras vas
nadando, estalactitas, murciélagos y el sol que pinta con un rayo de luz y nos
permite apreciar esta obra de arte natural.